Español, Futbol, Relatos personales

TarjetaRoja

“Hay quienes sostienen que el fútbol no tiene nada que ver con la vida del hombre, con sus cosas más esenciales. Desconozco cuanto sabe esa gente de la vida. Pero de algo estoy seguro: no saben nada de fútbol.”

-Eduardo Sacheri

SON LAS TRES DE LA MAÑANA y desde las once que estoy dando vueltas en la cama sin poder dormir. Mi cabeza está a mil. Estoy angustiado. Confundido. Enojado. Por eso escribo estos párrafos a las apuradas, de forma desordenada. Corregiré después, cuando esté más tranquilo y ya haya purgado todo lo que tenga que purgar. Pero por ahora, solo escribo.

Es que cuando uno se percata de su propia crueldad, la gramática es lo de menos. Lo único que importa en momentos como estos es escribir para purgar esa maldad – para exponerla – y para así poder empezar a pedir perdón.

Este sentimiento no es nuevo. Es más, ya llevo dos semanas peleando con él. Empezó cuando vi el primer episodio de “13 Reasons Why,” la serie de Netflix que cuenta la historia de una adolescente que se suicida por lo mal que la tratan en el secundario. Desde ese día, mi cabeza no para de pensar en todas las forradas que hice en mi propia juventud, que al parecer no fueron pocas. Pero de todas esas, hay una que no me puedo sacar de la cabeza. Por eso, mientras escribo estas palabras desveladas, mi cabeza se llena con imágenes nítidas de mi pasado—imágenes del día en que se acabo mi niñez y del cuerpo sin vida de Fabián Madorrán.

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EMPECEMOS POR EL PRINCIPIO. Para los que no son futboleros, les cuento que Fabián Madorrán fue un árbitro argentino que dirigió profesionalmente entre 1997 y 2003. Durante esos años llevó una carrera accidentada, marcada por errores bastante groseros en partidos importantes y por el desfile constante por los estudios televisivos, en donde casi siempre se exponía al ridículo y rompía con uno de los códigos más arraigados del mundo del arbitraje: la invisibilidad.

A diferencia de otros referís, Madorrán optó por convertirse en una persona pública y mediática, y con tanta exposición, no tardaron de aparecer rumores que buscaban defenestrarlo. Es difícil saber de donde vinieron los rumores, y qué tenían de cierto, pero en el ambiente del fútbol, muchos aseguraban que Madorrán era gay, que era adicto al juego, y que era hincha profeso de Boca, equipo al que supuestamente ayudaba cuando podía. En el 2003, un cóctel explosivo de rumores y errores llevaron a que la AFA – conservadora, misógina y nunca lejos de una polémica – decidiera no renovarle el contrato para la temporada 2003-2004.

Tras enterarse de su retiro forzado y prematuro, Madorrán luchó una guerra desigual contra los burócratas del futbol para volver a dirigir. Perdió, como casi todos los que se enfrentan a las mafias, y un año después de su retiro forzado, deprimido luego de perder una suma importante de dinero en un supuesto asalto, Fabián Madorrán se llevó una pistola a la boca, y se suicidó un viernes frío de julio en una plaza pública de la ciudad de Córdoba.

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EL SUICIDIO DE MADORRÁN fue tapa de los diarios durante dos días, en los que todos parecían tener algo que decir sobre el difunto referí. Pero pronto la prensa comenzó a hablar de otras cosas, y así Madorrán dejó de ser tema de conversación. Con el tiempo, muchos lo olvidaron, y para ser sincero – de no haber sido por un hecho trascendente que ocurrió menos de un mes después de su muerte – yo también me hubiese olvidado de Fabián Madorrán.

Todo sucedió en una cancha de fútbol a las orillas del Río de la Plata. El equipo de fútbol del Lincoln – secundario acomodado en el que tuve el privilegio de estudiar – se enfrentaba a su clásico rival, el San Andrés, un colegio escocés de similares características. Más allá de que era un clásico, una serie de coincidencias raras le daban un clima especial al partido: ambos equipos venían punteros del torneo de fútbol de ADEN (Asociación Deportiva de Escuelas del Norte) y mi equipo – el Lincoln – jugaba con mayoría de suplentes, ya que los alumnos de último año habían partido a su viaje de egresados.

Así y todo, a cinco minutos del final, estábamos 2-1 arriba. Hasta ahí, había sido un partido reñido, de mucha protesta, pierna fuerte y poco fútbol, y yo me había transformado en figura con un par de atajadas notables bajo los tres palos. Pero a pesar de que venía jugando bien, todo se vendría abajo en cuestión de segundos, y casi sin darme cuenta no solo estaríamos abajo en el resultado, sino que también me encontraría frente a frente con mi propia maldad.

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LOS HECHOS SE DIERON DE LA SIGUIENTE FORMA: 

Con cinco minutos por jugarse hay un corner a favor para nosotros. Nuestros defensores centrales, sin demasiado oficio ni experiencia, suben a buscar el cabezazo, pero una mala ejecución y un despeje largo del equipo contrario nos agarra a contrapierna. Una mueca del destino hace que la pelota caiga en los pies de un delantero contrario, un wing rapidito que comienza su sprint endiablado hacia nuestro campo con la pelota pegada al pie. Tiene un solo defensor por vencer y lo elude fácilmente a la altura del circulo central. Yo me planto unos pasos más allá del punto del penal, esperando el fusilamiento. Es ahí cuando noto que desde el otro costado del campo viene corriendo uno de nuestros defensores centrales. Es un jugador bruto y de poca técnica, y viene lanzado en velocidad para cortar el avance rival. «¡Lo faja!», pienso.

Pero las cosas no suceden así. En vez, cuando empiezo a dar unos pasos para adelante para achicar al delantero rival sobre la puerta del área grande, el defensor se barre como nunca ha hecho ni hará jamás en su vida y logra pellizcar la pelota con la punta de su botín zurdo justo antes del remate. El delantero contrario, quien ya tenía el cañón cargado y listo para disparar no logra detener su remate, y con la pelota ya saliendo hacia un costado, impacta al nuestro a la altura de la rodilla.

Desde la otra punta del campo de juego, el árbitro, un viejo miope y canoso, corre con el silbato en la boca. Está cansado, y está tan lejos de la jugada que es imposible que pueda distinguir un cruce limpio de una patada feroz. Por eso, y porque ya no se banca más a los de azul que lo vienen molestando todo el partido, cobra una falta inexistente sobre el borde del área, y le saca roja directa a nuestro zaguero.

Es allí cuando se arma la primera hecatombe. Los nuestros se le van al humo al árbitro, que se ve inmerso en un mar de camisetas azules. Se escuchan gritos desaforados de protesta en el que abundan referencias a madre y hermana. Vuelan un par de amarillas también, aunque desde la seguridad del arco no logro distinguir a quien van. Claro, yo también puteo, aunque recostado sobre uno de los palos, listo para comenzar a armar la barrera.

Es entonces que noto un movimiento raro entre la muchedumbre. El 10 de ellos agarra la pelota y mira hacia delante. Ve al delantero, aquel al que le habían cometido la supuesta falta, parado solo en el punto penal. Cuando digo solo, lo digo en serio. Está once pasos por delante mío, y sin ningún defensor a su alrededor. Cuando el 10 le pasa la pelota debe estar nueve o diez metros adelantando.

Sin dudarlo levanto el brazo y grito «¡Orsai, juez!» Pero el árbitro no cobra nada. En vez, ni siquiera se da cuenta de que la pelota está en juego hasta oír mi grito, y capaz de bronca, o capaz para sacarse de encima a la muchedumbre, no se lleva el silbato a la boca. En vez grita «¡Siga!» y yo me quedo parado con un brazo en alto. Ni siquiera intento tapar el arco cuando el delantero del San Andrés empuja la pelota mansita hacia la red.

Es imposible que el de negro no haya visto el offside, pero así y todo la pelota entra y el gol es convalidado y cuando el árbitro empieza a correr hacia la media cancha, algo se rompe adentro mío. Trece años después me daré cuenta de que es el principio del fin de la inocencia, pero en ese momento no sé lo que es. Locura, supongo.

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DOS COSAS SUCEDEN. Primero, cuando llego hasta el árbitro después de una carrera infernal en la que me la paso gritándole, veo que este me está esperando con una tarjeta roja en la mano. No dejo que me la saque. En vez, nublado por la ira y la locura, lo agarro del cuello. No se cual es mi plan, pero creo que estoy apunto de pegarle una trompada cuando siento que alguien me zarandea del brazo. Es mi técnico, un profesor de educación física pelado y Testigo de Jehová, que me empieza a arrastrar, con una fuerza que nunca imaginé que tenía, hacia un costado de la cancha.

Yo estoy llorando de la impotencia y de la bronca. Jamás me han expulsado de un partido, y jamás he reaccionado así. Pero lo peor está por venir. Estoy loco. Desaforado. Totalmente sacado. Quiero entrar a la cancha y comérmelo crudo al árbitro, que reanuda el partido en el medio de un clima enrarecido.

Yo me saco los botines. Los tiro haciendo un escándalo. Estoy llorando. Fuerte. Y no puedo bajar las pulsaciones. Es entonces que sucede el hecho que no me puedo sacar de la cabeza, y que hace dos semanas – desde que empecé a ver 13 Reasons Why – me mantiene desvelado.

Porque ahí, cuando faltaba un minuto para que termine el partido, el árbitro decide no cobrar otro offside, y el San Andrés marca su tercer gol. 3-2 ellos. Y yo, desde el costado de la cancha, grito una frase que irrumpe en mi vida como un cataclismo feroz.

—Árbitro hijo de puta, pegate un tiro como Madorrán— grito, y ya nada será igual.

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CUANDO LEVANTÉ LA VISTA buscando la complicidad de mis compañeros, noté que ninguno de los nuestros me miraba a los ojos. No podían. El par de jugadores que protestaba por el offside dejó de hacerlo, y bajó la mirada avergonzada. Solo el árbitro levantó la vista para mirarme, y su cara estaba desgarrada por una tristeza profunda y fulminante.

Solo entonces tomé dimensión de lo que había dicho, y me di cuenta que mi juventud se acabaría en el instante preciso en el que el árbitro pitara el final del partido.

Peter Mothe
Vancouver, Canadá, 1 de mayo del 2017

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